Solía escribir mucho, casi casi me sentía escritora, pero hoy me confieso culpable de llevar muchos días queriendo escribir sobre la inclusión y la equidad, y de pronto, vienen a mi mente las experiencias vividas en las aulas, las clases, buenos y malos ratos compartidos con niños, jóvenes y adultos. Y entonces pienso y recapacito de lo que mi profesión es, de lo que soñaba dormida, siempre creyendo en un mundo ideal para la humanidad. Hasta que un día empecé a soñar despierta, puse los pies en la tierra y acepté que puedo crear y vivir mi mundo ideal, pero no el de los demás. Gracias, gracias, gracias por la luz que ilumina mi existir porque puedo compartir con quien vive en la obscuridad. Entendí que vale escuchar que tratar de aconsejar. Aquí dejo un pensamiento, un sentimiento, un brote de mi ronco pecho...
Existen
muchos momentos en los que consciente o inconscientemente los derechos de los
estudiantes son nulos; esto, hace que no haya inclusión ni respeto a la
diversidad. Muchas veces escuchamos en los pasillos a profesores o al personal
quejarse del alumno “X” por su conducta, porque es grosero o intolerante. Eh
ahí, donde viene la pregunta a mi mente: ¿Para qué un estudiante tiene
actitudes que desagradan a todos, hasta a sus compañeros y… por qué no
mencionarlo, también a sus padres? He tenido la oportunidad de compartir
espacios de reflexión y diálogo, con la mente abierta a las formas de expresión
de los adolescentes, pero igual, tuve una charla con un infante de 2º de
primaria que con la mirada decía más que con las palabras; eran diferentes en
edades, pero algo los hacia iguales: Ambos buscaban aceptación y ser escuchados.
Con
esto expreso mi profundo sentir de camaradería hacia el SER HUMANO, en el que
la desesperanza y la angustia algunas veces por el hambre, sus ambientes de
vida, sus círculos de amistades, el desamor y el poco interés por aprender lo
que NO les es significativo, me han permitido darle significado a la vida, entender
la importancia de la empatía y de la comunicación asertiva para comprender al
otro desde mi yo, sin apropiarme de lo suyo. Es tan complejo aceptar la
realidad que vivimos en este mundo cambiante, que siento que no siempre es
fácil comprender la necesidad ajena y eso nos hace poco o nada tolerantes.
Para
desarrollar espacios armónicos, pacíficos y que valoren las diferencias entre los
seres humanos, es importante aceptar que todos, grandes o chicos, somos
personas con virtudes, con defectos, con necesidades, con bondades. Es difícil poder
comprender las emociones de otras personas, o ser empáticos, si no somos
capaces de reconocer que los otros son espejo nuestro. Muchas veces el alumno o
el compañero que provoca el caos, es quien le recuerda a nuestro subconsciente
quienes fuimos o cómo somos, nuestros sueños o frustraciones.
Es
por ello, que considerando que si la inclusión es contención y la equidad igualdad,
debemos privilegiar el derecho de las personas como un derecho nuestro de
respeto, armonía cordialidad; solamente así, podríamos escuchar sin juzgar, y
dejar de pretender que los demás harán lo que nosotros consideremos que es lo
mejor.
Por
consiguiente, mi propuesta es que en los centros educativos se trabaje con
talleres de desarrollo humano que permitan tanto al adulto como al niño o al
joven ser empático, promover los valores, el respeto, formar una cultura
armónica, sin envidias, en donde se aprenda el valor del trabajo colaborativo,
en donde la comunicación sea asertiva, en donde todos entiendan que mi bien es
el bien de los demás y mi mal el mal ajeno.
Esto,
aunque suene platónico se puede mediante sensibilización, empoderamiento,
libertad de expresión, respeto y capacidad de aceptación. Sé que nunca se
acabará la violencia porque es cíclica, sé que cada cabeza es un mundo, pero
salvando algunos corazones, sus almas se vuelven agentes de cambio, y sin
cambia una vida, todo a su alrededor cambia.
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